Alimentación saludable: simple, rica y pensada para tu metabolismo

Comer bien no es contar calorías ni vivir a ensaladas. Es volver a comida real que tu cuerpo reconoce: proteínas de calidad, grasas naturales y verduras fibrosas. Esa combinación calma los picos de glucosa, apaga la inflamación silenciosa y le devuelve a tus hormonas un terreno más estable.

Imaginá tu plato como una escena equilibrada. En un lado, proteína que sacia y repara: huevos, pescados, carnes (incluyendo vísceras como hígado o mollejas, súper densas en vitaminas). Acompañan grasas buenas —aceite de oliva, palta, coco, frutos secos— que dan energía pareja y ayudan a absorber nutrientes. El resto lo llenan verduras de hoja y colores intensos, que alimentan a tu microbiota y cuidan la pared intestinal. Si sumás caldo de huesos algunas veces por semana, aportás colágeno y minerales que notás en articulaciones y piel.

¿Por qué insistimos con menos harinas y azúcares? Porque hacen trabajar de más a la insulina. Cuando la insulina está todo el día alta, cuesta perder grasa, sube el apetito y el ánimo se vuelve una montaña rusa. Al elegir alimentos reales y dejar los ultraprocesados, esa “rueda” se frena: baja la ansiedad, mejora el sueño y la energía se vuelve más estable.

El día a día puede ser muy sencillo. Un desayuno con huevos y palta, o simplemente café/té y agua si no tenés hambre temprano. Un almuerzo con pescado y ensalada generosa con oliva. A la tarde, si hace falta, un puñado chico de nueces. Cena con carne y verduras salteadas en oliva o ghee. Entre comidas, agua; y después de comer, una caminata de 10–15 minutos que ayuda a que la glucosa entre en el músculo sin pedirle tanto a la insulina.

Si entrenás fuerza 2–3 veces por semana, este estilo de alimentación te rinde todavía más: el músculo usa mejor la glucosa, sube tu metabolismo y te sentís más firme y despejada. No se trata de “dieta estricta”, sino de construir una base que acompañe tu salud hormonal, tu bienestar digestivo y tu longevidad.

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