
Lo que dejamos atrás (y cómo recuperarlo sin mudarnos a una cueva)
Nuestros genes se escribieron caminando bajo el sol, cargando cosas, pasando frío y calor moderados, comiendo lo que había —proteína, grasa natural y plantas fibrosas—, durmiendo con la oscuridad y socializando alrededor del fuego. En pocas generaciones cambiamos todo: pantallas hasta tarde, silla casi todo el día, ultraprocesados, luz artificial constante y aislamiento. El cuerpo no tuvo tiempo de adaptarse; las señales que antes encendían salud hoy llegan distorsionadas.
Luz y reloj interno. El amanecer sincroniza el ritmo biológico: cortisol en su horario, melatonina lista para la noche, apetito ordenado. La luz de pantallas nocturnas confunde ese reloj; dormimos peor y el metabolismo se “descuadra”. Recuperar minutos de sol temprano y bajar luces a la noche afina ese metrónomo y, con él, la energía y el humor.
Movimiento continuo + fuerza. Antes, el día era movimiento bajo, con momentos de esfuerzo intenso. Hoy juntamos horas sentados y, a veces, una hora de gimnasio: útil, pero insuficiente si el resto del día es sedentarismo puro. Caminar después de comer y entrenar fuerza dos o tres veces por semana devuelve sensibilidad a la insulina, protege hueso y despierta el “motor” muscular que fabrica miocinas antiinflamatorias.
Comida real. Pasamos de animal + plantas a etiquetas largas y azúcar escondida. Las harinas y ultraprocesados suben la insulina y encienden inflamación silenciosa. Volver a proteína de calidad (huevos, pescado, carnes —incluidas vísceras—), grasas naturales (oliva, palta, coco) y verduras fibrosas calma el apetito, estabiliza la glucosa y le da a la microbiota el “combustible” correcto.
Pausas de comida. No se ayunaba por moda: simplemente no había heladera. Esos intervalos mejoran flexibilidad metabólica y ayudan al cerebro a usar cetonas como energía alternativa. No hace falta extremos: cenar un poco más temprano y no picar de noche ya se siente.
Temperatura y naturaleza. Algo de frío o calor entrenaba vasos sanguíneos y sistema nervioso. Duchas tibias que terminan con segundos de agua fresca, o una caminata en un día ventoso, disparan señales de resiliencia. Y el contacto con verde y tierra baja el estrés de forma medible.

Tribu. La soledad crónica es proinflamatoria. Recuperar rituales simples —comer en familia, un mate al sol, un paseo con alguien— regula el sistema nervioso y, con él, el cuerpo entero.
Cómo empezar esta semana
Elegí tres anclas fáciles: luz de mañana en la cara (5–10 min), caminata de 10–15 min postcomida y fuerza (sentadilla a silla, empuje, remo, bisagra de cadera) 2–3 veces. Sumá plato real la mayor parte del tiempo, cena temprana, y pantallas bajas una hora antes de dormir. No buscamos perfección: buscamos ritmo. En pocas semanas, el cuerpo recuerda de dónde viene… y vos sentís hacia dónde querés ir.
