
Intestino funcional: la fábrica silenciosa que dirige metabolismo y ánimo
El intestino no es una simple manguera digestiva: es un ecosistema finísimo. La medicina funcional lo mira como el “termómetro” de tu salud global.
Flora superior vs. flora inferior
- Tramo superior (intestino delgado)
- Bacterias en cantidad moderada.
- Su misión: desarmar proteínas, grasas, azúcares y entregar vitaminas liposolubles.
- Si estas bacterias crecen de más (SIBO), aparecen gases tempranos, pesadez y malabsorción.
- Tramo inferior (colon)
- Alberga la mayor densidad de microbios del planeta.
- Fermentan fibra y producen ácidos grasos de cadena corta (butirato, propionato) que nutren la pared intestinal, dan energía al hígado y controlan la glucosa.
- También fabrican neurotransmisores (serotonina, GABA) y vitaminas K y B.
Intestino – cerebro: la autopista bidireccional
Tu sistema nervioso entérico tiene 500 millones de neuronas. Envía impulsos al cerebro real a través del nervio vago y moléculas mensajeras. Cuando la pared intestinal se inflama o se vuelve “permeable”, pedazos de bacterias y alimentos mal digeridos disparan una alarma inmune: sube el cortisol, baja la dopamina, se enturbia la mente. Por eso a la sensación de bienestar le sigue tan de cerca la frase “tengo mariposas en el estómago”… o “tengo un nudo”.
Cuidar tu ecosistema interno
- Fibra colorida: base vegetal (verduras, frutos rojos) para alimentar las buenas bacterias.
- Proteína limpia y grasas buenas: calman el pico de glucosa y nutren la mucosa.
- Fermentados (chucrut, kéfir, kimchi) y caldo de huesos: reparan uniones celulares y suman probióticos naturales.
- Evitar ultraprocesados y gluten moderno: reducen inflamación silenciosa y filtraciones.
- Masticar y respirar: activar el nervio vago antes de comer baja la respuesta de estrés y mejora la digestión.
- Moverte diario y dormir 7–8 h: el peristaltismo y la microbiota siguen tu ritmo circadiano; si tú descansas, ellas también.
Con pequeñas medidas diarias podés transformar tu intestino en un aliado: más energía, menos inflamación y un cerebro que piensa —y siente— en positivo.
